domingo, 19 de abril de 2015

Mujercitas


Mujercitas,  quizás mucho más conocida como película,  es uno de los primeros libros que habla de mujeres y está escrito por una mujer. No tengo claro de qué hablamos si nos referimos a la literatura de mujeres o a la escrita por mujeres, a la literatura feminista o la que se dirige a mujeres. Me identifico, lo sé, con muchas mujeres que escriben y lo hacen bien: escriben bien poesía, escriben bien novelas, que escriben bien ensayos. Últimamente, y tampoco sé muy bien por qué, he estado rodeada de libros escritos por mujeres: Biografía de Virginia Woolf. Una vida por escrito, todo Anne Carson (excepto La belleza del marido, si hay alguien por ahí a quien le gustaría hacerme un regalo, hasta hace nada en Iberlibro por unos noventa euros), Lydia Davis, Joan Didion, Renata Adler, Inger Christensen; también las que llevan más tiempo acompañándome: Idea Vilariño, Sylvia Plath, la gran Szymborska, Susan Sontag, Storni, Gabriela Mistral, Pizarnik, Nadiezhda, Anne Sexton, la propia Woolf y tantas otras cuyos textos consiguen hacerme sentir lo que ellas sentían o me han llevado a  entender lo que me ocurría.


Tenemos muchas escritoras, muchos libros, muchas ideas sumados a mi incapacidad para decidir y elegir: me detengo en un punto desde el que sólo observo, miro, veo y leo. Tengo muy claro que soy mejor con las imágenes: no que sea buena, sino que con una foto puedo transmitir mis sentimientos mejor que con mis palabras y su pulso inseguro para enhebrar ideas. Quizás por eso todas estas mujeres representan tanto para mí. Me asombro ante su facultad para expresar eso mismo que estoy pensando, eso otro a lo que estoy continuamente dándole vueltas. Me abruma tanto su talento que no puedo elegir una para vosotros: todas son una, y acaso yo soy todas.


Yo soy una mujer que escribe, lee, trabaja, cocina, hace fotos, corre, sale con amigos, disfruta de la vida… y este caleidoscopio de mis días se refleja en lo que hago, en este blog, que “anochece”, en esta vida que procuro llevar adelante a trompicones.


Por razones semejantes no soporto los discursitos sobre la coeducación en los institutos, pues lo que hacemos es contraproducente: podemos celebrar el día de la mujer con fotos de hombres haciendo labores del hogar, pero eso no tendría que ser algo extraordinario, y sólo conseguimos el efecto contrario al que buscamos en los adolescentes. Crecen con eso, también con “el compañeros/as” “alumnos/alumnas”, “poetas/poetisas”, “padres/madres”, “profesores/profesoras”, “tutores/tutoras”, “caballos y yeguas”... pero ¿por qué? Si todos somos compañeros, ¿cómo hemos podido acabar hablando y escribiendo así? El colonialismo lingüístico nos lleva a despreciar nuestra lengua, e incluso diría que a torturarla. No se puede acusar al idioma de estar ideologizado y propugnar como solución: ideologizarlo más.





Con la comida me pasa un poco igual: hay veces que me quedo paralizada y no sé qué escoger, pero suelo acabar decidiéndome por aquello guarda relación conmigo, me reconforta y me alimenta por dentro. Algunas de estas mujeres tuvieron una relación especial con la comida, por ejemplo, sabemos que Virginia Woolf al final de su vida empezó a obsesionarse con ella, Renata Adler cocinaba, tirando inmediatamente el plato para volver a hacerlo a media tarde, ahora sí, de forma perfecta. Muchas veces reflejamos nuestras obsesiones, nuestros problemas, traumas e inquietudes en la comida, en nuestra forma de cocinar, de comer y de alimentarnos. Aquí tenéis una de las mías pues desde hace ya casi un año, y por cuestiones que no vienen al caso, no tomo leche de ningún mamífero, tampoco huevo; claro, así es muy difícil poder tomar algo dulce. Como ya he dicho en otras ocasiones, tuve y tengo debilidades: siempre fui de dulce. Los obstáculos son para superarlos, si no, ahí tenéis a todas estas mujeres  Y, por cierto, en la cocina tiene pleno sentido distinguir entre huevos y huevas…





*La receta procede de esteblog. Yo he hecho algunos cambios: no tiene chocolate y sólo harina de avena, así que también es apta para celíacos, es vegana y “dairy free”. Y, por supuesto, está bueníííísima.


1 comentario:

Catypol dijo...

Tengo que hacer un ejercicio de reconciliación con el plátano, no suelo comer nada que lo lleve pero me han conquistado las galletas y también usar dátiles en vez de azúcar.
Un beso

Publicar un comentario en la entrada