sábado, 13 de septiembre de 2014

Nadie miraba como nosotros


Nadie ve como nosotros, Patti, repitió. Siempre que decía cosas como aquella, por un mágico instante, era como si fuéramos las dos únicas personas del mundo“.

Otra de las cosas que he hecho este verano ha sido recordar, recordar  mucho. He tenido bastante tiempo libre y lo he disfrutando “dando un paseo por el corazón”. El libro del que hablo hoy forma ya parte de mis recuerdos (y lo llevaré siempre conmigo); tiene mucho que ver con lo que hago, con mi vida  y no es sólo un libro: también es fotografía, arte, poesía, música y el despegue de dos vidas, además de una relación tan tierna como fan extraer todo lo maravilloso de elloos sablloos gibre y miel (receta del gran Dan Lepard en Hecho a mano)s. Otra vez la soledaérrea.


Patti Smith y Robert Mapplerthope son una conocida cantante y un célebre fotógrafo, se conocen “siendo unos niños” en Brentano’s en el Nueva York de los años 60, cuando coincidieron trabajando. Comienzan una relación fuerte e intensa; no tenían apenas dinero y sobrevivían con una bolsa de galletas pasadas y un café. Soñaban con ser artistas y no tener que ver los museos echándolo a suertes (no tenían dinero para dos entradas y sorteaban una), sino poder admirar las obras (que, además, serían suyas) en compañía.

“No teníamos mucho dinero pero éramos felices. Robert trabajaba a tiempo parcial y se encargaba del piso. Yo lavaba la ropa y preparaba la comida, que era muy limitada. Había una panadería italiana que frecuentábamos, cerca de Waverly. Comprábamos una hermosa barra de pan duro o cien gramos de sus galletas pasadas, que vendían a mitad de precio. Robert era goloso, de modo que a menudo ganaban las galletas. A veces, la panadera nos ponía más cantidad y colmaba la bolsita de galletas amarillas y marrones mientras negaba con la cabeza y nos regañaba con simpatía. Seguramente sabía que aquella era nuestra cena. La completábamos con café para llevar y un cartón de leche. A Robert le encantaba la leche con cacao, pero era más cara y teníamos que ponernos de acuerdo antes de gastar esos centavos de más.”



Este es un pequeño fragmento en el que se recoge su pobreza en aquella época, las dificultades de todo tipo que soportaban y, pese a todo, su felicidad. Y eso para ellos consistía en unas galletas, por ejemplo, como estas de jengibre y miel (receta del gran Dan Lepard en Hecho a mano), dulces que aprovechaban, pues eran dejados por otros, aunque ellos sabían extraer todo lo maravilloso de ello con su creatividad y el amor que los impulsaba. La belleza también alimenta porque nos hace compartir lo que tenemos con otros. Como Patti. Como Robert.


“Teníamos nuestro trabajo y nos teníamos el uno al otro. Carecíamos de dinero para ir a conciertos o al cine o para comprar discos nuevos, pero poníamos los que teníamos hasta la saciedad. Escuchábamos mi Madame Butterfly cantada por Eleanor Steber. A Love Supreme, Between the Buttons, Joan Baez y Blonde on Blonde. Robert me dio a conocer sus preferidos —Vanilla Fudge, Tim Buckley, Tim Hardin— y su History of Motown fue el telón de fondo de nuestras noches de diversión compartida.
Un día de otoño inusitadamente cálido nos vestimos con nuestra ropa preferida, yo con mis sandalias beatnik y mis pañuelos deshilachados, y Robert con sus collares de cuentas y su chaleco de piel de carnero. Cogimos el metro hasta la calle Cuatro Oeste y pasamos la tarde en Washington Square. Compartimos café de un termo mientras observábamos la marea de turistas, porretas y cantantes folk. Revolucionarios exaltados distribuían pasquines antibélicos. Jugadores de ajedrez atraían a un público propio. Todo el mundo coexistía en aquella constante cacofonía de diatribas, bongos y ladridos de perro.
Nos dirigíamos a la fuente, el epicentro de la actividad, cuando un matrimonio maduro se detuvo y nos observó sin ningún disimulo. A Robert le gustaba que se fijaran en él y me apretó cariñosamente la mano.
—Oh, sácales una foto —dijo la mujer a su desconcertado marido—. Creo que sonartistas.
—Venga ya —respondió él, encogiéndose de hombros—. Solo son unos niños.”

“El 4 de noviembre Robert cumplió veintiún años. Le regalé una recia pulsera de plata que encontré en una casa de empeños de la calle Cuarenta y dos. Encargué que le grabaran las palabras «Robert Patti estrella azul». La estrella azul de nuestro destino.”





5 comentarios:

Aurora Aranda dijo...

Gracias por las galletas y la lectura, creo que voy a hacerme con ambas dos. Besos malacitanos.

AllColorsAreBeautiful dijo...

Siempre me gustó Robert, no tanto Patti....

Judith dijo...

UF! menuda pinta tienen estas galletas!!!! petonets

Ernestina Causse dijo...

Graicas a todas. Aurora, hazte con amabas, pero el libro es una auténtica delicia. AllColorAreBeautiful, Robert era un fotógrafo genial. Judith, pruébalas. Besos

Mayte dijo...

No sabes tú, lo que yo disfruto con cada entrada, y similitud en gustos, un libro alucinante, lleno de sueños, de vida y de sensaciones, como tus galletas, como tú misma en palabras.

Besote!

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