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domingo, 10 de julio de 2016

Todo es tan verde


"Todo es verde” dice ella. Mira que verde es todo Mitch. Cómo puedes decir que sientes todo eso cuando fuera todo es tan verde.”

Esta es una frase de un cuento corto (apenas tiene dos páginas) incluido en La niña del pelo raro escrito por Foster Wallace que podéis encontrar aquí. Los protagonistas de la historia son una pareja que parece estar en los últimos momentos de su relación, pero quién sabe, si fuera todo es tan verde. 




David Foster Wallace era un escritor estadounidense acechado siempre por la depresión; terminó suicidándose el doce de septiembre de 2008. Su obra más conocida quizás sea La broma infinita, aunque también destacan en su trayectoria La escoba del sistema, Hablemos de langostas y, por supuesto, La niña del pelo raro. Me atrae su forma de escribir y mezclar temas serios con otros banales, su personalidad depresiva, su forma de resolver la vida... Un poco quizás como los colores, que nunca sé demasiado bien por qué me atraen en determinados momentos, pues, aunque todos tenemos un color preferido, hay días y días: verdes, azules o blancos, grises, malvas o negros… Están los colores de la infancia, tan alegremente chillones, y los de la juventud, que se tornan dorados; colores del entusiasmo y del fracaso; lo que no hay—no tengo duda—es una vida sin colores.


Muchas veces entendemos los colores según nuestro estado de ánimo; otras, con los ojos de las personas que amamos. Hay veces que el color de una comida nos provoca rechazo; otras, nos abalanzaríamos sobre ella sin dejar ni rastro del delicioso manjar. 


Hoy os traigo una refrescante  —por el color y el sabor— crema veraniega; muy verde: casi todos sus ingredientes son verdes y sabe a verde, riquísima aunque para mí estos días tenga  un sabor amarillo. Espero que la disfrutéis. También de los colores. 




domingo, 21 de febrero de 2016

Perder es fácil

Como siempre, son varias las cosas que me traen hasta aquí. En los últimos días han confluido: Tirez sur le pianiste, un artículo de @guardian_el_ llamado Todo el mundo vive en Melrose Palce y un poema de Elizabeth Bishop titulado Un arte. A todos le encuentro un sentido parecido, una voz similar…



En el poema Bishop desgrana la importancia de vivir con menos, de perder las cosas, incluso lo importante o muy importante: el reloj de tu madre, tus casas, tus amantes…Entrénate en el sufrimiento de perder las llaves de tu casa, las del coche…quizás no es para tanto. Todo esto dice Bishop:


Un arte

No es difícil dominar el arte de perder;
Tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
Que su pérdida no es ningún desastre.

Perder algunas cosas cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
De las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practicar perder más lejos y más rápido:
Los lugares, y los nombres, y donde pretendías
Viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
-quizás la penúltima- de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
Poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
Que amo) no habré mentido. Por supuesto,
No es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
Pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.



Cuando llegan a mis manos poemas con los que me identifico tanto, siempre intento saber más de su autor, localizar todas sus obras, hundirme en ella. Como decía el otro día a propósito de esto, para saber si ellos sienten lo mismo que yo, si puedo aprender algo. Bishop vivió de niña la pérdida de su padre; posteriormente, la de su madre. Estuvo al cuidado de su abuelos, en un orfanato y finalmente, se independizó, viajó a lugares remotos y se ganó la vida con lo que más le gustaba: la escritura. Quizás su vida nos lleve a comprender sus poemas y a identificarnos con ellos: su falta de certezas, su sentido de lo provisional, su búsqueda constante; eso es lo que me atrae de ella.


Yo quiero entrenarme en el arte de perder, quiero vivir con menos porque, como le pasa a @el_guardian, me quedo inmovilizada ante todas las opciones que tengo en las manos, me apabulla el derroche, me da grima lo barroco; y sobre todo, no quiero equivocarme.



Tirez sur le painiste es una película de cine negro dirigida por François Truffaut, pero también todo lo contrario. El protagonista (Charles Aznavour) no es atractivo, ni encantador, mas bien enclenque y tímido. Fue un gran concertista de piano y ahora trabaja tocando este instrumento en un cabaret. Se desprendió de todo por razones que no voy a desvelar.




A veces lo realmente importante es tener un bocado sencillo que llevarnos a la boca y, sobre todo, poder compartirlo. Hoy he perdido la receta, pero seguro que todos sabéis cómo hacerlo. El arte de perder es fácil.  


domingo, 31 de enero de 2016

No es sólo el cristal con que se mira


He de confesar que no había visto ninguna película de Ettore Scola, al menos, que tenga en mi memoria. Hasta hace unos días, cuando leí este maravilloso artículo de Fernando León de Aranoa, que es el director de películas de éxito como Barrio, Un día perfecto, Los lunes al sol y algunas más; por eso, sabe bien de lo que habla. Acierta porque es sincero, delicado, sensible, certero y se queda con la parte del cine que le interesa.

En el texto, publicado en El País, habla de su fascinación por las películas del italiano, cuando el director español estudiaba en la facultad y su personalidad estaba moldeándose. De todas ellas hay una que le atrae especialmente: Maccheroni. Así que de Maccheroni quiero hablaros.


La película, no tengo duda, es una maravilla: hay un pasado común, pero que en los recuerdos de los protagonistas parecen diferentes (por cierto, algo que últimamente me hace pensar bastante: “las versiones” que cada uno tenemos de nuestro pasado, las diferentes formas de verlo;  gracias también a The Affair) e incluso dos realidades distintas: una americana, otra italiana; una fría, otra apasionada; una ordenada, otra caótica; una seria, otra alegre, una verdadera, otra esotérica… ¿No somos nuestra memoria? Y un recuerdo diferente modela quizás una realidad diferente de manera que incluso habiendo recorrido el mismo camino, hemos marchado por sendas diferentes. Esto podría ser incluso cine dentro del cine, pues al salir de ver esta película con un amigo es posible que hayamos visto cosas distintas: donde uno vio pesimismo—porque el pesimismo estaba—, el otro vio esperanza—porque también estaba. No se trata de que inventemos la realidad, sino que la recordamos de diferente manera.


Pues bien, esas realidades confluyen en un momento determinante de la vida. Las dos son hermosas y luminosas, las dos merecen la pena; merecen la pena ser vividas y tal vez hacen más intensa la existencia, pues ésta es siempre más compleja de lo que nuestros ojos solitarios alcanzan a ver.


Podría haber hecho un pastel de nata, tan típico de Nápoles como su caótica circulación, porque la imagen que funciona como emblema de la película es aquella en la que, como niños pequeños, los dos amigos aparecen manchados de esa nata espesa y blanca. Conociendo mi tendencia a los dulces, quizás hubiera sido más fácil… Pero he decidido hacer unos macarrones no sólo porque dan nombre a la película, sino también porque aportan ese matiz de realidad múltiple y confusa, ese maravillosa realidad que genera en nosotros recuerdos tan diferentes.




domingo, 17 de enero de 2016

La forma de los colores




Han sido tantos los acontecimientos culturales que han sucedido últimamente que es casi imposible enumerarlo todos: aniversarios, obituarios, estrenos…, he leído tantos libros que me han gustado, visto películas y descubierto canciones que me siento apabullada y querría hablar sobre todo.



Recientemente, se produjo el fallecimiento de un pintor que siempre me ha llamado mucho la atención: Elllsworth Kelly. Kelly nació en Estados Unidos (1923) y ha sido considerado tanto  escultor como pintor abstracto, célebre por sus composiciones cromáticas.  Su vida es curiosa porque ejerció profesiones muy diversas: desde combatiente en la II Guerra Mundial como parte del ejército de Estados Unidos (si tal puede considerarse una profesión) hasta diseñador de prendas para esa institución.  Una vez terminada la guerra, fue expulsado del ejército y decidió matricularse en una escuela de bellas artes. Volvió a París, ahora sí, como pintor. En esta ciudad aprendió a dejarse llevar por las percepciones  y empezar con el juego del color.






¿No habéis jugado nunca a dar forma a la comida? ¿A buscar en ella objetos cotidianos? ¿No habéis encontrado una patata con forma de ..?




Ellsworth Kelly jugaba con las formas y los colores, igual que podemos hacer cualquiera de nosotros, aburridos, antes una comida solitaria. Dar forma, nombrar, verbalizar, imaginar, intuir…, hasta llegar a comprender que todo puede ser lo que queramos. Todo.


Eso he intentado con esta receta que sea lo que cada uno de vosotros queráis: un juego de colores, una combinación de colores o simplemente un bocado sano y delicioso.