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sábado, 25 de junio de 2016
Todo es amarillo
Etiquetas:
Dulce,
Libros,
Literatura,
Poesía
miércoles, 27 de abril de 2016
Dos nuevas razones por las que amarás al rojo
Nunca se me habría ocurrido hacer una autobiografía en rojo. Tengo una mezcla de sensaciones con este color, una especie de atracción/repulsión, algo evidentemente confuso, y más en alguien que, como yo, está en una continua lucha interna.
Anne Carson, sin embargo, tiene la valentía de escribir una Autobiografía en rojo, recientemente publicada por Pre-Textos, libro que ansiaba leer. En realidad, no es su autobiografía, sino la de Gerión, personaje mitológico que la autora convierte en un chico contemporáneo. A lo largo del libro descubrimos su infancia y adolescencia, marcada al conocer a Heracles. Gerión va siempre cargado con su cámara y, en realidad, no escribe su autobiografía: la va construyendo con imágenes. Quizás por eso me identifico tanto con él o con Anne Carson.
A la escritora canadiense le han traducido algunos libros al español: Decreación, Hombres en sus horas libres, La belleza del marido, Albertine...; el más reciente es este del que os hablo. En todos ellos encontramos una mezcla de poesía, novela e incluso ensayo; algo magnético y misterioso. Me siento muy atraída por la obra porque Anne Carson se arriesga y hace algo, me parece, que nadie ha intentado antes. También me apasiona porque en todos sus libros pueden vislumbrarse varias líneas de interpretación, diferentes niveles de lectura, y en ellos se da esa mezcla de atracción/repulsión que todos experimentamos ante "los amores equivocados".
Por eso, no sé si el rojo es uno de mis amores equivocados, pero cuando pensaba hacer un plato de este color siempre me venían a la cabeza "ideas bonitas", como dice mi compañera y amiga Miriam, de El invitado de invierno, tenía que hacer una receta fotogénica. Así que os propongo algo sencillo y hermoso, porque como he dicho en otras ocasiones casi siempre se come por los ojos y, por supuesto, también nos alimentamos colores.
Una buena rebanada de pan de verdad, una mezcla de remolacha, anacardos y aceite de coco para untar, unas frambuesas encima y ya tenemos una merienda para chuparnos los dedos. Si lo acompañáis de Autobiografía en rojo, estoy segura de que el color os llegará al corazón.
domingo, 21 de febrero de 2016
Perder es fácil
Como siempre, son varias las cosas que me traen hasta
aquí. En los últimos días han confluido: Tirez
sur le pianiste, un artículo de @guardian_el_ llamado Todo el
mundo vive en Melrose Palce y un
poema de Elizabeth Bishop titulado Un
arte. A todos le encuentro un sentido parecido, una voz similar…
En el poema Bishop desgrana la importancia de vivir
con menos, de perder las cosas, incluso lo importante o muy importante: el
reloj de tu madre, tus casas, tus amantes…Entrénate en el sufrimiento de perder
las llaves de tu casa, las del coche…quizás no es para tanto. Todo esto dice
Bishop:
Un arte
No es difícil dominar el
arte de perder;
Tantas cosas parecen llenas
del propósito de ser perdidas,
Que su pérdida no es ningún
desastre.
Perder algunas cosas cada día.
Aceptar aturdirse por la pérdida
De las llaves de la puerta,
de la hora malgastada.
No es difícil dominar el
arte de perder.
Después practicar perder más
lejos y más rápido:
Los lugares, y los nombres,
y donde pretendías
Viajar. Nada de todo esto te
traerá desastre alguno.
He perdido el reloj de mi
madre. Y, ¡mira!, voy por la última
-quizás la penúltima- de
tres casas amadas.
No es difícil dominar el
arte de perder.
He perdido dos ciudades, las
dos preciosas. Y, más vastos,
Poseí algunos reinos, dos
ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no
fue ningún desastre.
Incluso habiéndote perdido a
ti (tu voz bromeando, un gesto
Que amo) no habré mentido.
Por supuesto,
No es difícil dominar el
arte de perder, por más que a veces
Pueda parecernos
(¡escríbelo!) un desastre.
Cuando llegan a mis manos poemas con los que me
identifico tanto, siempre intento saber más de su autor, localizar todas sus
obras, hundirme en ella. Como decía el otro día a propósito de esto,
para saber si ellos sienten lo mismo que yo, si puedo aprender algo. Bishop
vivió de niña la pérdida de su padre; posteriormente, la de su madre. Estuvo al
cuidado de su abuelos, en un orfanato y finalmente, se independizó, viajó a
lugares remotos y se ganó la vida con lo que más le gustaba: la escritura.
Quizás su vida nos lleve a comprender sus poemas y a identificarnos con ellos:
su falta de certezas, su sentido de lo provisional, su búsqueda constante; eso
es lo que me atrae de ella.
Yo quiero entrenarme en el arte de perder, quiero
vivir con menos porque, como le pasa a @el_guardian, me quedo inmovilizada ante
todas las opciones que tengo en las manos, me apabulla el derroche, me da grima
lo barroco; y sobre todo, no quiero equivocarme.
Tirez sur le
painiste es una película de cine
negro dirigida por François Truffaut, pero también todo lo contrario. El protagonista (Charles Aznavour) no es
atractivo, ni encantador, mas bien enclenque y tímido. Fue un gran concertista
de piano y ahora trabaja tocando este instrumento en un cabaret. Se desprendió
de todo por razones que no voy a desvelar.
A veces lo realmente importante es tener un bocado sencillo
que llevarnos a la boca y, sobre todo, poder compartirlo. Hoy he perdido la
receta, pero seguro que todos sabéis cómo hacerlo. El arte de perder es fácil.
jueves, 25 de junio de 2015
25 de junio
Visión de la memoria
Una mañana de junio, demasiado temprano
para despertar, pero tarde para volver a dormirse.
Tengo que salir al verdor que está lleno
de recuerdos, y ellos me siguen con la mirada.
No se ven, se funden totalmente
con el fondo, camaleones perfectos.
Estoy a un paso de oírlos respirar
pero el canto del pájaro ensordece.
Thomas Tranströmer.
Resumen del día: agotamiento, cansancio, flojera,
somnolencia, tristeza…pero hay dos cosas que me despertaron: el emocionante
discurso de Vincent Lindon al recibir la Palma de Oro en Cannes, como mejor
actor por La loi du marche, y un
artículo de Leila Guerriero llamado ¿Dónde
estás?
He pensado mucho en la dos cosas en las última horas,
he pensado en mi padre, he pensado en mi madre, que también se ponía
minifaldas, como la madre del artículo de Leila. Como el padre de Vincent, mi padre ya no
está, y es verdad lo que dice, “quiero recordar a mi madre que ya no está y a
mi padre que ya no está. Y cuando pienso que he hecho todo esto para que ellos
me vieran y ellos no están. Voilà". Conmovedor por su forma de decirlo, por su
sensibilidad. (Todo esto me lleva a
otra idea sobre los hombres que me gustan y Carolina de Mónaco, algún día lo
haré)
Ahora hace quince años que mi padre no está, y yo,
como Vincent Lindon, llevo toda la vida haciendo las cosas para que él las
viera; y ahora el ya no está. Hace mucho tiempo que no está; no ha visto cómo
he trabajado, cómo aprobé unas oposiciones, cómo durante un tiempo tuve una
vida más o menos estable, cómo luché por hacer cosas que me gustaban (mientras
me ganaba la vida), cómo he hecho este blog, cómo he publicado fotos, cómo me
he hecho aún más fuerte. Ni cómo lo echo de menos. Él no está para ver nada.
Vincent Lindon tiene cuatro años más que mi padre
cuando nos dejó y ese aspecto de hombre trabajador, de hombre que ha trabajado
toda su vida. Vincent Lindon tiene ahora su recompensa. Mi padre trabajó toda
su vida y se la arrebataron en unos segundos. Mi padre no tuvo su recompensa. Y
yo he hecho cosas y hago cosas que él no ha podido ver. Y mis hermanos han
hecho cosas y hacen cosas que él no ha podido ver. Todos hemos hecho cosas que
él no ha podido ver. Esa sería su recompensa, y como Leila Guerriero, yo no
aplaudo pero escribo “para no gritar o para no morirme o la dos cosas”.
Parecido terminal
La última vez que vi a mi padre, ambos hicimos la
misma cosa.
Él estaba de pie en la puerta del salón
esperando que yo terminase de hablar por teléfono.
que no estuviera señalando su reloj
era un signo de que quería conversar.
Para nosotros, conversar era siempre lo mismo.
Él decía unas cuantas palabras. Yo respondía con otras.
Eso era todo.
Fue a finales de agosto, hacía mucho calor, había mucha
humedad.
junto a la puerta de al lado, los albañiles vertían grava
nueva en el camino de entrada.
Mi padre y yo evitábamos quedarnos a solas;
no sabíamos cómo conectar, cómo entablar una
conversación cualquiera.
No parecía haber
otras posibilidades.
O sea, que aquello era especial: cuando un hombre se
muere,
tiene un tema.
Debía ser muy pronto aún. Calle arriba y calle abajo
los aspersores se iban encendiendo. La camioneta del
jardinero
apareció al final de la manzana,
luego se detuvo, aparcó.
Mi padre quería contarme cómo era morirse.
Me dijo que no sufría.
Me dijo que se anticipaba al dolor, que lo esperaba, pero
que no llegaba nunca.
Tan sólo sentía cierta debilidad.
Le dije que me alegraba por él, que era un hombre con
suerte.
Algunos maridos subían al coche, iban al trabajo.
Gente que ya no conocíamos de nada, familias nuevas
con hijos pequeños.
Las mujeres, de pie en los escalones, gesticulaban
llamando a alguien.
Nos dijimos adiós como de costumbre,
sin abrazarnos, sin dramatizar.
Cuando el taxi llegó, mis padres me miraron desde la
puerta de entrada,
cogidos del brazo. Mi madre lanzaba besos, como
siempre,
porque le da miedo que una mano no se use.
Pero mi padre no se limitó a a quedarse allí, de pie.
Esta vez me dijo adiós con la mano.
Y yo hice lo mismo, desde la puerta del taxi.
Agité mi mano, como él, para disfrazar el temblor.
Louse Glück. Ararat
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