domingo, 16 de marzo de 2014

No es imposible, es la primavera


A veces el paso del tiempo restaura la vida porque nos ofrece una promesa de plenitud. Así vivo la primavera, por eso me ha llamado la atención la obra del artista israelí Ori Gersht que parece hacer resurgir una naturaleza muerta. Las explosiones, que suelen provocar destrucción, aquí crean belleza, destruyen lo que está muerto y le dan una nueva posibilidad, por eso hay que tener esperanza. El invierno que se aleja, ¿no detuvo la vida, no frenó su crecimiento? Sin embargo, el tiempo pasa y en vez de deteriorar lo que hay, parece ahora conducirlo a una nueva plenitud no repetida. Esto es lo que pone delante de nuestros ojos Ori Gersht: no un ciclo, sino el futuro. Lo único real es la esperanza porque sólo ella nos permite ver todas las posibilidades de este mundo.




¿No se recoge así el espíritu de la primavera? Esta hace retornar a la vida aquello para lo que parecía no haber esperanza. ¿Qué nos da la primavera? Una plenitud incesante, un futuro que no tiene final.



Gersht nació en 1967 y el destino de su pueblo parece haberle marcado profundamente, tanto en sus vídeos como en sus fotografías pueden entenderse como una esperanza de restaurar lo que ha sido destruido. Estudió en la Universidad de Westminster y actualmente imparte clases en la Universidad de Rochester, Kent. Imagino que un artista como Gherst intenta extraer algo valioso de la destrucción, esa es la razón de su trabajo, de su investigación como aquí, en Pomergranate, claramente inspirado en el pintor del siglo XVII Sánchez Cotán.



Este volver a nacer tiene también algo de vuelta a la infancia: chucherías, helados y a los ¡Peta Zetas! que realmente explotaban en mi boca.



Una vez más la belleza que nos rodea estalla antes nuestros ojos y en nuestra boca. Bienvenida primavera.


domingo, 2 de marzo de 2014

Lo prometido es deuda

          




  Lo siento: no pude robar un cuadro, pues eso era exactamente lo que pensaba traeros de Madrid; pero no lo he conseguido: el Museo Thyssen estaba demasiado lleno y, además, está la dichosa manía de la seguridad que me ha impedido llevar a cabo mis planes. Recordaba en el tren de regreso a Audrey Hepburn y a Peter O´Toole en Cómo robar un millón de la que ya os he hablado aquí.




            ¿Qué cuadro quería traeros? Aunque la elección era difícil, me decidí por El aparador porque está lleno de fruta, vino y bizcochos de soletilla, alimentos perfectos para una merienda. Claro que en Madrid he visto mil cosas; he ido a sitios encantadores; he abierto muchísimo los ojos, pero nunca tanto como frente a los colores de Cézanne: son hipnóticos, al menos en mí ejercen una atrayente influencia que es muy difícil evitar. Y no creáis, Bill Viola también me tentó; pero quizás en su quietud un lienzo o acuarela de Cézanne me lleva más cerca de vosotros: las pantallas tienen algo de frialdad que no me parece conveniente para regalar.

            Últimamente me obsesionan los bodegones. No sé por qué de un tiempo a esta parte aparecen por todos lados. Los del pintor francés son realmente especiales, porque introducen la naturaleza en el cuadro y no me refiero, como alguien podría pensar, sólo a la fruta… No, porque si nos colocamos delante del cuadro y lo observamos bien veremos uno de los paisajes predilectos del pintor francés, las montañas de St. Victorie, que pintó en múltiples ocasiones. Así, este bodegón no es sólo una composición sobre viandas, sino algo más: la naturaleza que entra en el aparador o, si lo preferís, el aparador como marco del universo natural. Ciertamente, todo se halla muy estilizado y se aprecia ya la tendencia de Cézanne a llevar los elementos naturales a sus formas geométricas básicas, una tendencia que irá creciendo con el tiempo y que hace del pintor francés un antecedente directo del cubismo si no el primer cubista. En una carta a Émile Bernard decía: “trate a la naturaleza mediante el cilindro, la esfera, el cono, todo puesto en perspectiva, de forma tal que cada lado de un objeto de un plano se dirija hacia un punto central.” Sin embargo, son los colores los que atraen mi atención: sobre la superficie del aparador, en marcado contraste,  el blanco del paño sobre el que reposan prodigiosamente los colores naranjas y amarillos; sobre otro blanco, en el que son las sombras las encargadas de crear una superficie reflejada sobre la piedra brillante del aparador, los bizcochos de soletilla con un color ligeramente diferente de las frutas que asoman por detrás. La copa, transparente y blanca al mismo tiempo, deja pasar la luz hacia la botella de vino, que es una sorpresa, pues el objeto adquiere su forma gracias  únicamente al color más denso del borgoña y a los reflejos de luz, que curvan la superficie plana. Arriba, sobre la repisa, otra vez los juegos de sombras, blancos y amarillos. Me maravilla que Cézanne haya sabido crear con tan pocos colores esa humilde explosión de luz en un mueble sencilla, situado en algún rincón de nuestras casas; no obstante continuaba diciéndole a Bernard: “la naturaleza, para nosotros los hombres, es más profundidad que superficie, de ahí la necesidad de introducir en nuestras vibraciones de luz, representadas por los rojos y lo amarillos, una cantidad suficiente de azules, para hacer sentir el aire.”





            Antes he dicho que he abierto muchísimo los ojos, pero ahora pienso que no me he expresado con precisión, pues más bien me han abierto los ojos todas esas obras de arte que he contemplado. Son ellas las que nos enseñan a mirar, pues aprendemos a ver siempre gracias a los ojos de los otros y sólo de esa manera alcanzamos nuestro propio modo de ver las cosas. En cocina nos pasa lo mismo: nos enseñan a comer, en principio, nuestros padres, y después vamos tomando nuestras propias decisiones y aparecen nuestras predilecciones. También nuestras vivencias y experiencias forman parte de nuestros gustos culinarios. En mi caso he buscado mucho, me he informado y me he dado cuenta de que como casi en todo (arte, fotografía, literatura, música, moda…), el contraste es lo que me seduce y cautiva; lo sé por mí misma: estoy segura cuando algo me gusta;  por ejemplo, me encanta esta receta de  No más de mamá, unos chicos rompedores. Su libro está lleno de recetas sorprendentes y de mezclas improbables, sabores que combaten entre sí y, precisamente, por eso me conquistan.