sábado, 12 de marzo de 2011

Cualquier tiempo pasado...fue mejor

Fresas salvajes (Smultronställe) es una de las películas más importantes en la carrera de Igmar Bergman, una resumen de todas sus inquietudes y temas. Bergman es un director de sobra conocido por sus obsesiones y su filmografía está repleta de éxitos como El séptimo sello, Persona, Sonata de otoño y Secretos de un matrimonio. Fresas salvajes fue realizada en el año 1957 y narra la historia de un profesor que realiza un viaje desde Estocolmo a Lund se trata de un viaje en sentido pleno, el que conocemos desde Homero: no sólo físico sino también espiritual.

El  profesor, llamado Isak Borg, se encuentra en un momento avanzado de su vida, ha visto como la mayor parte de ella ha pasado, queda a sus espaldas: tiene más pasado que presente; acude a Lund para recoger un premio universitario, lo nombran doctor honoris causa; por esto, por un sueño anterior al viaje y por hacer parada en la casa donde pasaba sus vacaciones, Borg analiza su vida profesional, repleta de éxitos, y la personal, con algunos fracasos. Se da cuenta de la importancia de las relaciones con los seres queridos y siente nostalgia por una vida pasada y malgastada, yo diría: “cualquier tiempo pasado” como decía Jorge Manrique en Coplas a la muerte de su padre. Algo que nos remite a nuestra infancia como nuestra verdadera patria, al hecho de que somos nuestra memoria y sin nuestros recuerdos no seríamos las mismas personas.
La película puede tener cierto tono pesimista o negativo aunque con un final esperanzador: el profesor se despide de su pasado, lo deja atrás (se despide, en otro de los sueños, de sus padres), ahora está dispuesto a mirar con valentía al frente, hacia el presente.
De manera que Fresas salvajes enlaza varios extremos de la vida: la infancia y la muerte, el sueño y la vida, la fantasía y la realidad; para avisarnos y hacernos reflexionar sobre nuestra existencia, como decía Lennon “aquello que nos pasa mientras hacemos otros planes”.
Por eso, este helado de fresa bien podría representar la infancia, el sueño y la fantasía, lo positivo; ¿puede haber algo mejor que un helado?, para mí este helado, es ,desde luego, la infancia: cuando sólo queríamos comer un helado y dejar todos los demás manjares de nuestra madre, cuando nos dejábamos llevar por el dulce, por los bellos y llamativos colores, sin preocupaciones, sin deberes, en un verano largo y caluroso, cuando un helado de fresa representaba el premio que estábamos esperando y disfrutábamos de él como si no volviéramos a poder probar otro porque (y esto lo digo yo en este momento): “cualquier tiempo pasado fue mejor” .

domingo, 6 de marzo de 2011

Puro apetito

Es la primera vez que comento en este espacio algo de arte contemporáneo y aunque resulta bastante incomprendido  y criticado, creo que hay artistas, como Marina Abramovic, que bien merecen hacer un esfuerzo.
Marina Abramovic nació en Belgrado (Yugoslavia) el 30 de noviembre de 1946, estudió Bellas Artes en esta misma ciudad y a partir de los años 70 comienza a ser conocida fundamentalmente por sus performances (una muestra escénica, muchas veces con un importante factor de improvisación, en que la provocación o el asombro, así como el sentido de la estética, juegan un rol principal). Abramovic es la única de los artistas que realizaron esta técnica que se encuentra activa profesionalmente, de hecho, ella habla de si misma como “abuela del arte de la performance”.
 
 
Su trabajo ha evolucionado: ha pasado de trabajar el “body art”( el arte corporal, un estilo enmarcado en el arte conceptual, de gran relevancia en los años 60 en Europa y, en especial en Estados Unidos. Se trabaja con el cuerpo como material plástico, se pinta, se calca, se ensucia, se cubre, se retuerce... el cuerpo es el lienzo o el molde del trabajo artístico) a más recientemente expresarse a través de la fotografía. En esta última tendencia podemos situar la serie de la que quiero hablar hoy llamada: “La cocina. Homenaje a Santa Teresa”. Me refiero a nueve fotografías y un vídeo que fueron realizados en las cocinas de La Laboral de Gijón y han sido expuestas en la céntrica galería La Fábrica de Madrid. La artista se ha basado en la vida de la santa abulense y sus experiencias con la levitación: "Aunque el éxtasis nos trae el gozo, la debilidad de nuestra naturaleza al principio nos asusta y necesitamos ser resolutivos y valientes de alma... Ocasionalmente he podido resistirme, pero a coste de un gran agotamiento, por lo que luego me sentiría como si hubiera estado luchando con un gigante poderoso. Otras veces, la resistencia ha sido imposible: mi alma se ha ido, es más, como una norma mi cabeza tampoco sin mí puede evitarlo; a veces mi cuerpo entero ha estado influido hasta el punto de ser elevado desde el suelo. Parecía que cuando intentaba resistirme una gran fuerza me levantara. Confieso que me metía de lleno un gran miedo, un gran miedo es más al principio: viendo un cuerpo que se eleva de la tierra, aunque el espíritu se detiene (con gran dulzura como sin resistencia), los sentidos no se pierden; al fin era tanto yo como poder ver que estaba siendo elevada... Después el éxtasis se terminó, Tengo que decir que mi cuerpo parecía a menudo flotar, como si todo el peso hubiera ido, tanto que de vez en cuando apenas supe que mis pies tocaban el suelo..."
 
Para Marina este trabajo representa mucho más, ella se crió en la cocina de su abuela (sus padres eran activistas comunistas y la dejaron al cuidado de ella) y por lo tanto, esa estancia es muy importante. Un lugar, según Abramovic, donde se unen la fuerza divina y la realidad de lo cotidiano, donde se habla de sueños, secretos y rituales. Como podéis ver encontramos imágenes variadas: una de la artista cocinando, una naturaleza muerta con los tres alimentos místicos: agua, sal y sangre, una levitando o el vídeo donde sostiene un cuenco de leche símbolo de la nutrición, y la pureza. 
 
En todas y cada una de las piezas resuenan ecos de grandes artistas desde Zurbarán y sus bodegones hasta el tenebrismo del excelente Ribera, Vermeer o Caravaggio. Porque tanto en la cocina como en el arte el pasado está en el presente.