Fresas salvajes (Smultronställe) es una de las películas más importantes en la carrera de Igmar Bergman, una resumen de todas sus inquietudes y temas. Bergman es un director de sobra conocido por sus obsesiones y su filmografía está repleta de éxitos como El séptimo sello, Persona, Sonata de otoño y Secretos de un matrimonio. Fresas salvajes fue realizada en el año 1957 y narra la historia de un profesor que realiza un viaje desde Estocolmo a Lund se trata de un viaje en sentido pleno, el que conocemos desde Homero: no sólo físico sino también espiritual.
El profesor, llamado Isak Borg, se encuentra en un momento avanzado de su vida, ha visto como la mayor parte de ella ha pasado, queda a sus espaldas: tiene más pasado que presente; acude a Lund para recoger un premio universitario, lo nombran doctor honoris causa; por esto, por un sueño anterior al viaje y por hacer parada en la casa donde pasaba sus vacaciones, Borg analiza su vida profesional, repleta de éxitos, y la personal, con algunos fracasos. Se da cuenta de la importancia de las relaciones con los seres queridos y siente nostalgia por una vida pasada y malgastada, yo diría: “cualquier tiempo pasado” como decía Jorge Manrique en Coplas a la muerte de su padre. Algo que nos remite a nuestra infancia como nuestra verdadera patria, al hecho de que somos nuestra memoria y sin nuestros recuerdos no seríamos las mismas personas.
La película puede tener cierto tono pesimista o negativo aunque con un final esperanzador: el profesor se despide de su pasado, lo deja atrás (se despide, en otro de los sueños, de sus padres), ahora está dispuesto a mirar con valentía al frente, hacia el presente.
De manera que Fresas salvajes enlaza varios extremos de la vida: la infancia y la muerte, el sueño y la vida, la fantasía y la realidad; para avisarnos y hacernos reflexionar sobre nuestra existencia, como decía Lennon “aquello que nos pasa mientras hacemos otros planes”.
Por eso, este helado de fresa bien podría representar la infancia, el sueño y la fantasía, lo positivo; ¿puede haber algo mejor que un helado?, para mí este helado, es ,desde luego, la infancia: cuando sólo queríamos comer un helado y dejar todos los demás manjares de nuestra madre, cuando nos dejábamos llevar por el dulce, por los bellos y llamativos colores, sin preocupaciones, sin deberes, en un verano largo y caluroso, cuando un helado de fresa representaba el premio que estábamos esperando y disfrutábamos de él como si no volviéramos a poder probar otro porque (y esto lo digo yo en este momento): “cualquier tiempo pasado fue mejor” .

















